Datos personales

Mi foto
Profesor de Castellano y Filosofía Consejero Educacional y Vocacional Aprendiz de Escribidor

jueves, 17 de abril de 2008

CORNUCOPIA DEL OLVIDO

CORNUCOPIA DEL OLVIDO (Registro Derecho Autor- Resolución nº 146.631)

A mis hijas: Bosnya y Vangely
Y a mi hijo Tomás
Un sepulcro vacío.
Consta en una vieja acta de la iglesia de Huanta, que el mencionado Abelino Candoroso de los Ríos, fue exorcizado, tras una larga enfermedad, que nadie entendió hasta después de su muerte; se corrieron innumerables rumores, pero ninguno supo aclarar la verdad de su deceso. El señor cura, que en ese entonces tenía destinado aquella localidad, salió ese día con la clara idea que había visto salir del cuerpo del infortunado y, hoy, difunto Abelino Candoroso de los Ríos, una gran negra y espectral sombra envuelta en un vaho azufroso; dejando un forado en el endeble techo de coirón del templo y una extraña fisura en sus paredes de adobe que, con un ojo muy perspicaz, se podría decir tenía una forma humana, de acuerdo a testimonio de algunos huantinos. Lo que derivó posteriormente en un incendio que fue rápidamente sofocado por los pueblerinos. Entre la confusión de los feligreses, el sacerdote salió del pueblo en su caballo persignándose y rociando el camino con agua bendita. Según contó el monaguillo, Juan, que acompañaba a tan ilustre personaje, el agua que caía al suelo "se evaporaba" al tocarlo y que el sacerdote permaneció una semana sin dormir, orando noche y día por toda una semana completa, entre ayunos y flagelos que se infligía, había dicho nunca volver a ese "endemoniado pueblo".
Tiempo después pidió su traslado de la parroquia, perdiéndose su rastro en la demencia del tiempo.
Abelino Candoroso de los Ríos nació de pie. La partera de turno, viendo que la madre ni siquiera lo sintió, dijo que este niño era una señal, que sería un promisorio hombre de bien. La madre, doña Mercedes de los Ríos, no había tenido una preñez exitosa en su vida hasta entonces. Muchas de sus ingravideces pasaron desapercibidas. Uno de los primeros no dio ni siquiera un hálito de vida, así como se preñó se despreñó, según sus propias palabras. Luego de algún tiempo sintió que un tibio líquido mojaba sus piernas y, efectivamente, otro hijo se hizo agua, por lo que supo que su sexta posibilidad se iba.
Siete meses más tarde, luego de creer que la maternidad la esquivaba y de ingerir cantidades de “aguas de montes” para una y otra cosa, que bien "para la pena", que bien "para el mal de ojos”, en fin, gozó de un embarazo corto y lleno de bemoles. Siete meses, y como el siete es número de suerte, con mayor razón –comentaba- el día que hizo su presentación local del niño a sus suspicaces vecinos
Su marido, don Feliciano Candoroso no dio indicio de conocimiento, ya que de todos los pormenores maternales se preocupaban las mujeres. “El hombre a lo suyo” decía, mientras andaba pirquineando en una quebrada o en un cerro cercano, por lo que tres semana después del nacimiento se enteró, por casualidad, de la existencia del infante, al llegar una noche muy de madrugada, cansado de dormir sobre una raída manta con el suelo por jergón y las infinitas estrellas como cobertor, llegó y se tendió en el lecho de su casa, y unas horas más tarde el berreo del chico lo sacó de sus profundos sueños, en los cuales el precioso metal brillaba como el sol radiante de las estampitas de santos que el cura entregaba de vez en vez y de cuando en cuando. Pero preocupación especial dio su tía María, hermana de doña Mercedes. Gracias a ella, se podría decir, Abelino dio y vio luz.
En ese entonces, don Feliciano, dueño de un fértil fundo en al interior de El Estero, terreno heredado por tradición, a decir verdad, probablemente desde antes de la conquista. Puesto que las facciones dura de su rostro demostraban, otra gran herencia, la del mestizaje y lo propio reflejaba su descollante estatura. Subió por Quebrada Seca hacia rincones inexplorados de la cordillera, con una recua de mulas, algunos inquietos y expectantes perros, más seis hombres, internáronse en busca, más que de una aventura, siguiendo la vieja historia de El Dorado del cacique Huantajaya. Éste huyendo de los españoles y viéndose desgastado y con poca ventaja militar, enterró toda una riqueza que estaba destinada para el Hijo del Sol del Cuzco en un lugar que hasta el día de hoy muchos pirquineros quisieran encontrar. Don Feliciano la había oído de sus abuelos, de esos secretos familiares que solamente el clan sabe y, que más de algún miembro de su familia había intentado apoderarse de tan descomunal tesoro, por supuesto, sin el éxito respectivo. Incluso, muchos huantinos cuentan que en las noches de luna llena, sobre uno de los grandes y empinados cerro que rodean la aldea, se ve a los diaguitas danzando alrededor de una fogata, y quien quiera encontrar un tesoro debe arriesgarse a subir por los ventosos filones rocosos, apostando su sobrevivencia en el desafío. Se adentró, el crédulo don Feliciano, a los Andes a través del Camino del Inca, siguiendo el andar de los chasquis incásicos y, como Huantajaya, terminó sus días en plena cordillera, olvidado del viento y las nieves
Meses después del nacimiento de Abelino, un grupo de baquianos, hombres, conocedores de los caprichos de la cordillera, subió por Quebrada Seca adentro en busca de los aventureros, al no conocerse noticias de ellos, hasta muy entrada la primavera, después de soportar uno de los inviernos más crudos que los huantinos hayan tenido memoria. Fue tanto lo que nevó que para salir de sus casas, tenían que abrirse paso, pala en mano, a través de la nieve que cubría casi por completo las casas. En casa de doña Mercedes, bajo los frondosos limoneros se acumulaban estas aguas congeladas que duraron para refrescar el sofocante verano, que le siguió.
Un viejo baqueano, el viejo Demetrio, guió huella tras huella, la hilera de hombres en busca de don Feliciano Candoroso, hasta que en medio de la nieve encontraron algunas mulas y perros, escapados de los leones, sin colas ni orejas, últimos recursos de sobrevivencia de los animales. Siguiendo camino, más allá, encontraron a uno de los aventureros con la mitad del cuerpo enterrado en la nieve, sus manos crispadas y en su rostro una expresión violenta de angustia y dolor, que hizo que los rescatadores levantaran un mojón de piedras a modo de señal en ese lugar. Continuando la búsqueda de los demás hombres, los encontraron esparcidos uno detrás de otros. El problema se presentó en la bajada de los cuerpos, puesto que a medida que se deshelaban, estos se desmembraban. Finalmente, al llegar al pueblo, en los ataúdes, combinaron sin ningún contratiempo la pierna de uno o el brazo de otro con alguno de los cráneo dispuestos dentro de las cajas, puesto que el hedor de los cuerpos ya estaban atrayendo no sólo moscas, sino que alborotaban a los perros del pueblo, creando un ambiente infernal, entre zumbidos, chillidos y ladridos. Un total de siete féretros fueron inhumados, pero uno de ellos estaba vacío. Durante meses se prosiguió tras las huellas de don Feliciano, del cuál nunca se tuvo noticias. Luego de meses de búsqueda, sin tener suerte, se dio por muerto y se clavó una cruz junto a los otros sepultos en el pequeño cementerio del pueblo, con un epitafio, con fecha imprecisa, que dice: “A Feliciano, un desconocido, su esposa e hijo”.
Abelino no conoció a su padre. Si éste lo fue alguna vez -según comentaba más de alguna vecina insidiosa- por un extraño atractivo de las hermanas de los Ríos, que por el portento que demostraban estas dos mujeres, descendientes de uno de los adelantados peninsulares llegados a tierras antípodas de las europas, que se casó con una ñusta incásica y tras el rastro de Huantajaya, se acomodó en ese recóndito lugar, entregando su legado genético a las posteridades. Y sobre todo por sus carismática personalidades, puesto que una era al complemento de la otra.

El destino de un clan
Por aquel tiempo se conoce la llegada a Huanta de don Juan Chandía desde Villa Seca, en busca de oportunidades junto al viejo Demetrio
Era un hombre desconocido, de familia no muy bien avenida y de dudoso origen, puesto que se propagó de boca en boca, la llegada del primero Juan Chandía, hacía algunas generaciones atrás a Villa Seca. Probablemente había sido un sangriento cuatrero en el sur del país, que en un tiempo tuvo su momento de holgura económica, pero la fortuna siempre lo esquivaba. Evadiendo la policía se aposentó en el Valle. El clan no había podido salir del trabajo diario, del agotador trabajo con las manos y la fuerza que no recompensaba el sacrificio. Su nieto, Juan, entonces, se propuso tener ganancias de una sola vez, se decía -¿por qué hemos de estar ahorrando cuando no nos alcanza para nada, además la tierra nos da sólo para comer y, a veces, ni siquiera eso?-. En las vísperas de la noche de San Juan, se encomendó a su santo homónimo y salió al cerro cercano, con un viejo libro de conjuros, que según se decía, perteneció sus antepasados sureños. Era una acción desesperada, pero con una gran resolución temperamental que indicaba el orgullo renacido de los Chandía, puesto que el padre no hacía nada por recuperar la hacienda y los negocios cada vez le eran menos prósperos.
Juan subió varios cerros, con una mula cargada con las menestras necesarias para un largo viaje, quizás un viaje al infierno o al cielo...No se supo noticia de él por una semana, al cabo de la cual regresó casi rejuvenecido y una clara actitud desafiante ante cualquier humano que se le pusiera por delante.
Durante los siguientes siete años, los Chandía, de una hacienda abandonada y el casi desperdigado y extinto clan, pasaron a ser una de las más poderosas y afamadas familias, una de las mejores casas, los mejores cultivos, las mejores tierras, los mejores ganados y descubrieron una de las mejores minas de oro. Los mejores viñedos con los mejores vinos, los mejores lebreles y caballos de carrera, que doblaban su precio en apuestas. Con uno de esos caballos, el famoso y renombrado “Fausto”, digno y brioso equino de apuestas, que dejó en banca rota a otro famoso y renombrado apostador: Domingo Zárate, hombre avecindado en Villa Seca, después de que un golpe del destino atrajo a su familia a probar suerte en otras latitudes, siendo él el único varón, tenía derechos de administrar, la cada vez más escuálida cartera de sus raquíticos y creyentes padres. Joven y apuesto apostador, conocedor no sólo de carreras de caballo, sino de todo placer mundano, especialmente de los placeres de toda damisela que pasara por delante sus narices creyendo que era merecedora de su amor. Pero, después de jugar toda la fortuna familiar contra el caballo de los Chandía, quedó en total banca rota lo que cambiaría, desde entonces, el rumbo de su vida y que, posteriormente, será conocido como el “Cristo Elquino”.
Los hermanos Chandía, en ese entonces trabajando por todo el país, volvieron a su terruño para hacerse cargo del lugar que correspondía en la familia y todos ellos, todos varones, se casaron con las más bellas, honorables y casaderas siete jóvenes de las siete más prestigiosas familias, puesto que como decían sus madres “quién a buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija” y otras “no se preocupe m’ijita, el amor viene luego, total así me pasó a mi, además te quedarás con todo después”.
Mucha gente se extrañó del repentino levantamiento de la familia Chandía. Pero qué era mejor, continuar con la agonía de Villa Seca o que éste siguiera siendo un pueblo olvidado en esas latitudes en pocos años más. En fin, el progreso vino también para todos: trabajo, comercio, casas de niñas junto con otros tantos menesteres necesarios y mundanos. Así fue que los mismos habitantes del pueblo, en un rapto de jolgorio, la llamaron Villa Prosperidad.
Todo iba de maravillas para los Chandía, pero Juan, al aprestarse a celebrar su santo, años después, una noche, mientras dormía, sintió en el umbral del sueño, unos grandes y profundos pasos que se acercaban desde el fondo de la tierra. Caminaban por todos los pasillos de la casa dirigiéndose hasta su dormitorio, entre rasguños y otros infernales ruidos de ultratumba. Juan Chandía con un movimiento felino, sacó su escopeta de debajo de la cama, donde siempre permanecía por extraño consejo del viejo Demetrio. Pegó dos tiros certeros en la puerta del dormitorio, donde probablemente estaría ese tropel que escuchó. Al ruido de los disparos acudió toda la casa. Juan estaba con los ojos desorbitados y con una gran mueca de terror en el rostro. Todo había sido un sueño. Su hermosa esposa y sus dos pequeños hijos lloraban a su lado desconsoladamente. Él los consoló diciendo que algunos cuatreros entraron a sus terrenos y que debía salir a exterminar esa tanda de malandrines “que lo único que hacen en toda su vida es tratar de robarle a la gente decente como uno”, y que iba a mover toda su influencia para acabar con esa plaga de maleantes. Armó unos cuantos jinetes y rondaron toda la extensión de sus tierras, tomando, por el camino a algunos inquilinos, los cuales necesitaban escarmiento, azotándolos por ser cómplices de los mentados cuatreros, que nunca encontraron.
La calma retornó a la casa, pero él no pudo dormir no sólo esa noche, sino tres noches seguidas. En la puerta del dormitorio dos grandes agujeros a la altura de los ojos de cualquier mortal. Mientras afuera, rodeaba la casa un grupo de hombres de confianza armados hasta los dientes.
Entonces buscó al mejor hombre de confianza, un viejo baqueano. El viejo Demetrio, había esculpido su carácter en las peores lides. Había sido ladrón, cuatrero, pirquinero, defendió su honor o el honor de más de alguna mujer con el corvo en la mano, que siempre andaba trayendo metido en la pretina de su pantalón, nunca había matado sino en defensa propia. Una extraña marca tenía en su brazo izquierdo, según se comentaba entre la peonada. Para muchos esa ilegible marca de nacimiento, era la virgen de la Montserrat, icono relacionado con la brujería -se murmuraba-. Con su edad y experiencia había aprendido a conocer los temores y ambiciones de los hombres y ahora trabajaba tranquilo para los Chandía. Solo él había percibido el extraño brillo en los ojos de su patrón y se decía que en su vida había visto algo semejante y estaba claro que su patrón Juan o tenía pacto con el cornudo o tenía entre cejas a alguna muchachita que le quemaba hasta los tuétanos. Él era un hombre solitario pero respetado por todos y su único deseo, decía, era “tener un lugar donde echar los huesos”. Este era Demetrio Díaz.
Juan le confió su más sagrado secreto y se encomendó a su voluntad, pero el viejo Demetrio sabía exactamente lo que tenía que hacer. Por ello partieron tiempo después, luego de disponer la administración de La Hacienda. Anduvieron largos e interminables caminos, cerros y quebradas, hasta que Demetrio consideró que ya era suficiente camino andado. Bajó un gran ataúd negro que venía amarrado a una mula, mientras Juan Chandía se vistió con la ropa más vistosa que tenía, sus brillantes botas de cuero, sus espuelas de plata; pantalón de montar, una preciosa faja con lujosos adornos y, sobre la nívea camisa, una chaquetilla negra elegantemente distinguida con botones de plata; como corolario, un hermoso sombrero alón negro. Una vez listo se introdujo en el ataúd dispuesto sobre un montículo de piedras. Con resolución y tranquilidad el viejo Demetrio se dispuso a velar a su patrón esa noche, con rosario en mano.
La noche se vino lenta, calma, con una densa oscuridad de escasas estrellas que titilaban en el cielo nocturno, parecía que todo el entorno se había consumido en una negra y silenciosa garganta, sólo el flamígero crepitar de la hoguera rompía el silencio.
Cerca de la medianoche y cuando la conversación entre los dos hombres languidecía espaciosamente, el viejo le recomendó introducirse dentro del ataúd y encerró a su patrón, recomendándole no emitir ruido alguno, no porque se delataría sino para que él no se desconcentrara en la lid que emprendía.
Un silencio profundo inundó el lugar y en la oscuridad se dibujó la negra silueta de un huaso vestido de un solemne negro e impresionantemente alto. Miró con ojos de fuego al viejo Demetrio y le dijo, mientras el viejo Demetrio se colgaba el rosario en el cuello:
-¿Cómo estás viejo Demetrio?, que buen contendor tengo. Otra vez nos encontramos.
- Sí pero ya no soy el mismo. Lo invito a tomar un trago Patrón- decía en tanto disponía un par de vasos.
- Bien, me gusta tu confianza. Pero tu señor Chandía se va conmigo. Tenemos un trato y yo cumplí con mi parte, falta el suyo- hablaba casi sin inmutarse
- Patrón, lo invito a un juego de cartas, usted elige el mazo, y el que gana, gana. Usted se lleva todo- Demetrio habló con calma y decisión de manera que el extraño no pudo negarse.
El recién llegado tomó el mazo, lo barajó y entregó las cartas. El viejo Demetrio puso una pequeña bolsa donde contenía un poco de oro de la mina de don Juan, su contrincante no pudo ocultar la sonrisa, puesto que sabía el origen de ese precioso metal.
Cerca de una hora estuvieron jugando silenciosa y metódicamente, cada uno medía de soslayo al otro. El viejo Demetrio no dejaba que ningún atisbo de duda, temor o vacilación le aflorara. Pero el extraño esperaba pacientemente el instante preciso para hacer lo que tenía que hacer.
Demetrio empezó apostando una moneda de oro, a cada carta le agregaba una más, lo importante de todo era ganar tiempo. De pronto pensó que si ese Patrón se presentaba así como lo veía, podría ser cualquier cosa, incluso su patrón, don Juan. Luego, rápidamente, volvió sobre su mismo argumento, y se dijo a sí mismo que este extraño era eso, es decir, que lo haría dudar, y lo único que debía hacer era no dudar de nada, ni siquiera del juego. Un as de basto, un rey, un diez de espada... un basto... una espada... un oro... una copa... copa...basto...copa...espada, espada, espada. De pronto sintió una aguda sensación entre sus costillas Un frío le recorrió la espalda.... No supo como se levantó del sopor tremendo a que lo llevaban las cartas. El Patrón ya no estaba. De un salto estuvo cerca del ataúd. Miró dentro y allí estaba su patrón Juan Chandía. Un ruido lo volvió a sacar de las pocas reflexiones que podía tener. Una figura se recortó en la sombra de la noche del vaivén de las llamas de la fogata...Algo muy lejano se desenvolvió en su pecho, un recuerdo... Trató en lo posible de no pensar en ello...
Viudo. Ese era su sino. Era más hermosa que una pepita de oro y que el lucero del amanecer.
Fui a hacer el Servicio Militar. Y por esas cosas del destino me quedé por allá. Las salitreras eran la única oportunidad de trabajo y me quedé en el Ejército. El norte es mineral o ejército. Y allí conseguí ascender a cabo. Nació mi hija y luego la otra. Eran más hermosas que la “yegua del cura”, pero la viruela las mató, las mató, las mató...Arrasó con las tres más hermosas flores de ese desierto. Las estrellas de mi firmamento se apagaron como el día del juicio final. Y yo otra vez me encuentro aquí, enfrentándote Patrón. He seguido tus huellas a través de los minerales, especialmente el oro. Tú eras el que llegaste a la mina de Cerrillos de Tamaya. Te conocí allí. De pronto algunos pirquineros encontraron una veta de oro, luego llegaron más y más, y el oro salía a manos llenas, parecía como si brotaba un manantial. Y tú te les aparecías a cada uno de ellos y todos te conocíamos pero nadie sabía qué hacías ahí. Eras un experto jugador a las cartas. Nunca te gané sino cuando tú querías que ganara, entonces ese pequeño pueblo empezó a crecer, con gente de todas las latitudes. Con la llegada de un sacerdote todo terminó, y supimos quién eras. Llegó cargando su agua bendita y agradeció al Eterno por ese precioso metal...De la mina sólo quedó un socavón negro y yermo. El oro se hizo arena, tierra, viento... y se alejó, dejando en los recuerdos del tiempo ese lugar. Los recuerdos...No seas así Patrón estás jugando conmigo. Déjalas en paz...
Frente a él se apareció Juana, aquella hermosa mujer nortina que le robó su corazón, tal y como la conoció cuando eran jóvenes. El viejo Demetrio entró en delirio, no podía creer que su mujer estuviera así, tal cual. Se negó rotundamente a las demandas de ésta lo que le provocó una profunda tristeza, pero allí siguió. Se concentró en las cartas, empezó a contarlas. Eran todas nuevas. De pronto no podía ser. Don Juan Chandía, parado a su lado, alargando un fajo de billetes, le dijo:
- Viejo Demetrio ya has cumplido con todo lo necesario, yo me quedo y tú te vas a rehacer tu vida gracias por tu lealtad.
- No patrón, yo no me voy, no vine por dinero y eso Ud. lo sabe.
- Yo ya estoy bien, te puedes ir querido Demetrio, leal viejo...
- Patrón, no me engañe que yo lo tengo que matar antes que se lo lleve...
- Muy bien, cumple con tu deber.
Sacó su brillante corvo que resplandeció a la luz tenue de la fogata, su patrón sacó el suyo, cada uno puso su manta en la mano contraria y se tramaron en una furiosa pelea. Iban y venían cortes al aire, que apenas tocaban cada cuerpo, pues si hirieran la carne serían mortales. La ropa de cada uno estaba hecha jirones, el sudor y la tierra cubrían sus rostros. El silencio fúnebre de las montañas era interrumpido sólo por el jadeo de la respiración de los contrincantes. Pasaron, tal vez, algunas horas, el cansancio y las heridas iban haciendo mella en el viejo Demetrio que había sacado la energía de cuando era joven, pensando en sus tres hermosas estrellas que ahora eran parte del firmamento.
De pronto, una cuchillada certera, bien equilibrada, sintió que partía el estómago de su patrón, entonces un hálito de demonios lo envolvió, una risotada que quebró el amanecer de las montañas, lo dejó envuelto en los brazos de su amada Juanita. Pero él se deshizo de esos brazos, puesto que sabía que eran el último recurso de ese Patrón, con quien se había encontrado en Cerrillos de Tamaya. Finalmente, una voz profunda, le dijo:
- Nos vemos viejo Demetrio...
Era la mañana del día de San Juan, el rocío cubría todo alrededor, el viejo Demetrio se incorporó exhausto, mal oliente y sucia su ropa, se acercó al ataúd, lo abrió lentamente, y vio a su patrón lívido y demacrado. Por un momento pensó que lo había perdido, pero una leve respiración lo turbó y acercó sus manos para levantarlo, de pronto, don Juan, abrió los ojos y un gran grito de terror le salió, exhalando su alma como en el día del juicio final. En el silencio de las montañas retumbó como una ola gigante, ola de piedras, una ola del espanto acumulado durante la noche. Demetrio lo quedó mirando y le dijo:
-Patrón, ya pasó todo, y nada será igual. Lo perdió todo, menos su alma.
- Sí viejo, tú estás mucho más viejo que ayer- le contestó con voz quejumbrosa.
- Sí patrón, y usted también.
Pero su mirada ya no era la misma, don Juan tenía una mirada que demostraba que un algo muy profundo le había sucedido.
Tiempo después bajaron desde ese arcano rincón del mundo hasta lo que había sido su próspera hacienda, pero en lugar de los pródigos potreros con los sembrados, los animales de carrera, las casas de los inquilinos y la familia de don Juan Chandía, todo había sido abandonado, puesto que estuvieron muchos meses erráticos, fuera de su fundo, al volver lo había abandonado su familia, su mujer con sus hijos, el padre había muerto y todos los hermanos tuvieron distintos destinos. Todos aquellos que habían puesto sus esperanzas en los Chandía, habían cobrado su celo económico sin ninguna piedad.
Cuando los dos hombres llegaban a alguna casa, todos les cerraban las puertas. Eran forasteros. Nadie los reconocía. Muchos mitos generó la historia de los Chandía, y éstos a la vez un temor a todo lo extraño y extraños que se aparecían por el lugar. Villa Seca volvió a ser un caserío yermo olvidado entre los cerros.
No tuvieron más alternativa que emigrar, trabajando de pueblo en pueblo, de casa en casa para buscar albergue, y vivir el día, hasta que las noticias de un nuevo pueblo clavado en la precordillera los llevó hacia Huanta, pero por sobre todo la noticia de los perdidos en la cordillera atrajo, como un cóndor a los restos de un animal muerto, al viejo Demetrio.

El Aprendiz
Así fue como estas dos almas, huyendo del mismísimo demonio, llegaron como guiados por la mano de Dios a esa aldea, de unas cuantas casas de adobe, unas cuantas chozas, que estaban diseminadas por aquí y por allá. El viejo Demetrio se involucró en los trabajos de búsqueda del desaparecido Feliciano Candoroso y su incauta caravana. Mientras don Juan Chandía había recobrado la compostura de gran señor atraído por la madura belleza de doña Mercedes de los Ríos. Hacía todo lo conveniente para que la mujer disipara de su vida la negra nube de posible viudez. Además, doña Mercedes, ponía un granito más de interés en el casi marchito corazón de don Juan, quién, a esa altura, había perdido casi todo recuerdo de su familia, sus hijos y su amorosa esposa de bien. Parecía que los dos corazones infelices se habían atraídos como por un hilo invisible propuesto por una mano superior, como pensaba el viejo Demetrio.
Abelino Candoroso creció bajo la mirada atenta y escrupulosa del viejo Demetrio, éste le enseñó todos los secretos posibles, secretos que tienen que ver con cómo interpretar el comportamiento de los animales, las aves; el viento y las nubes; los metales, su disposición, color y lugar donde se encuentran.
El niño reducía su interés a jugar horas y horas al lado del arroyo, hablando y hablando sin parar. El viejo Demetrio observaba con un dejo de preocupación la ocupación del niño y sus juegos. Sin embargo, Abelino Candoroso se perdió de la vista de todo humano mirar en un pestañeo, cundiendo la alarma de inmediato al no responder a los llamados de su madre. Doña Mercedes visitó como un suspiro a los vecinos que la seguían como una bandada de golondrinas de casa en casa, y los varones se organizaban para salir en la búsqueda del chico que duró hasta la madrugada, en pequeños piños se multiplicaban las antorchas y las voces con sus ecos hacían que los perros aullaran lastimeramente. Buscaron siguiendo el curso de las aguas y entre los matorrales hasta que el alba borraba furibunda a brochazos las últimas estrellas rebeldes. El día estuvo revolucionado con la búsqueda incesante del niño Abelino. Las más viejas tomaron sus rosarios y los desgastaron haciendo cadenas de oración, mientras las mujeres se dedicaban a hacer comida para tanta gente que se aglomeró en la casa de doña Mercedes. Los niños, en tanto, especulaban sobre los secretos escondites que tenían. Los varones empezaron a mirar con creciente desconfianza a perros, gatos y cerdos, incluso hasta los ratones del campo fueron exterminados en una seguidilla de hecatombes durante los siguientes días, pues alguien había contado que a más de algún niño, estos animales y otros que salen quién sabe de qué infernales lugares, suelen recorrer en la noche los inocentes sueños de los niños y se los devoran, no dejando rastros de ellos. Dicho y hecho, al cabo de tres meses. Huanta no conocía ni perro ni gato ni cerdo vivo en casa alguna. Es más, hasta cambió el paisaje del pueblo, puesto que cuadrillas de hombres venidos de diversos lugares a colaborar en la búsqueda del niño Abelino y con similares o peores anécdotas de desaparecidos por extraños seres criados entre las malezas, encima de los árboles, bajos las rocas; en los hoyos y cuevas del terreno, en los arroyos y sus aguas e, incluso, en las casas, detrás de los aparadores, bajo las camas, los baúles con ropas, las despensas, en fin, tal fue la influencia de esos relatos que se talaron árboles y arbustos, se cambiaron los rumbos de las aguas, se tapiaron socavones para distinta industria, previa exploración milímetro a milímetro; transformando los caminos; despejando los campos para mayores labores agrícolas; reorganizando los límites de los terrenos, lo que provocó más de algún litigio entre los propietarios que no pasó a mayores en bien de un promisorio aparecer del niño Abelino.
Los cambios no sólo fueron materiales, sino también espirituales con la llegada de un sacerdote destinado para esas apartadas localidades y “dejadas de la mano de Dios”, como él mismo lo dijo al presentarse. El padre Ezequiel, un joven recién salido del seminario, donde había sido enviado por su madre -que en paz descanse-, para que pudiera rezar por ella a su muerte y tuviera asegurada su vida eterna per secula seculorum. Hijo único de una mujer viuda y militante beata, criado rodeado de supersticiones más que de razones, pero que - gracias a Dios- nunca le faltó para comer y vestir al pequeñín de sus ojos. Con su llegada puso al día a todo cristiano con los sacros óleos: Realizó alianzas matrimoniales de parejas avenidas sin el santo sacramento, por lo que el pecado original imperaba en esos andurriales; bautizó a todo niño “morito”; bendijo tierras, cultivos, los nuevos animales con sus crías, casas y habitantes de ellas. Se percibía que el mal originario, la misteriosa desaparición del niño Abelino, con un sino similar al de su padre, produjo un auge del pueblo, podría decirse: una refundación.
Pasados los meses y con el consuelo de este pastor y, por supuesto, de Juan Chandía, doña Mercedes de los Ríos recuperó su normal compostura, no dando por perdido definitivamente a su retoño, puesto que toda madre lleva en sí el germen del amor de Dios, decía el carismático cura. Viuda, no cabía dudas, y con un ardoroso anhelo maternal, por lo que se celebró la boda - como Dios manda- entre doña Mercedes de los Ríos y don Juan Chandía. Fue una boda a la altura de las circunstancias.
Luego de esta última unión, el pastor empezó a distanciar sus visitas, producto, más que nada, de su devota misión en otras aldeas
.

Resurrección
El viejo Demetrio seguía haciendo su vida, después de la bacanal celebración del matrimonio de don Juan y doña Mercedes, seguía yendo y viniendo, debido a que su vida estaba contenida entre la soledad de esos cerros y la incipiente prosperidad del pueblo. Muchos lo encontraban de improviso durmiendo bajo cualquier árbol en los días de intenso calor u otras veces observando detenidamente el comportamiento de tal o cual animal, cosecha e incluso piedra. Lamía, oía, olfateaba, palpaba y miraba con una concentración casi religiosa, luego se alejaba hablando solo. Conocía cada rincón del pueblo, cada pirquén en las montañas y toda vertiente de aguas con gusto a cielo. Así fue que en unas de esas vueltas y revueltas, le regaló a doña Mercedes de los Ríos, un frasco con diez gramos de oro puro -es mi regalo de bodas-, puesto que nunca le faltaba nada al viejo Demetrio, le recomendó a doña Mercedes de los Ríos, ahora de Chandía, usarlo sólo en caso de extrema urgencia, puesto que su vida no sufría mayores estragos económicos, por lo que era necesario guardar este pequeño tesoro para un precario futuro. E inmediatamente la señora se dispuso en buscar un secreto lugar donde dejar esa reliquia, entonces, luego de indagar por uno y otro rincón de la casa, halló el más propicio lugar -jamás pensado por mujer alguna-, abrió una cavidad en la pared de adobes de su pieza, justamente en la cabecera de su cama. Allí quedaron olvidados y tapiados los diez gramos de oro.
Más de alguien tuvo un infortunado pensamiento acerca del hombre, tenía algo entre ceja y cejas, era la desconfianza. Pero las desconfianzas no mellaron la percepción que el pueblo tenía del viejo Demetrio, ni su parsimonia y la mirada escrutadora de aquel que ya puede intuir el próximo paso, el próximo pensamiento.
A doña Mercedes de los Ríos de Chandía el recuerdo del pequeño Abelino Candoroso de los Ríos se le iba diluyendo lentamente como la nieve del último invierno. Y el pueblo todo parecía seguir los estados de ánimo y la buenaventura de la señora, puesto que todo tomó el habitual devenir como antes de la desaparición del crío, aparecieron animales domésticos y plantas de variadas especies como una bendición. Los matorrales cubrieron los deslindes y quebradas. Las aguas buscaron nuevamente las raíces de los árboles para jugar con ellas. Las cañas, los helechos, las colas de zorro, los sauces y las breas. El paisaje logró un color más refrescante.
Antes que el pequeño y borroso rostro de Abelino se disolviera como la nieve, doña Mercedes mandó a su flamante esposo levantar una “animita al pequeñín de su alma”, en el lugar exacto donde se le vio por última vez. Los reportes que traía el viento de él eran tan variados que no desistió de preguntar a todo forastero, de correr la voz a los cuatro vientos, y esperó, mientras construían, donde siempre lo veía todos los días jugar y hablar sin cesar, cerca del Estero. Sin embargo, la próspera y exuberante vegetación empezó a hacer estragos, atajando las aguas, atrayendo los roedores de siempre e invadiendo los terrenos que se habían despejado por lo que fue necesario empezar a mantenerlas a raya. Era necesario abrirle un buen camino a las aguas que alimentaban los cultivos, casas y animales -porque, gancho amigo, cuando llueve, ¡ay mamacita linda! los elementos no respetan límites humanos, yo he visto inundarse el valle de orilla a orilla, y, el Estero, llevarse cerros casi completos-.
El pueblo todo se dedicó, en pequeñas cuadrillas, a cortar, picar, sacar, limpiar los cañaverales del lecho del gran estero que vitalizaba el pueblo, fueron con minuciosa dedicación cortadas y arrumbadas en grandes lotes que servirían posteriormente para reparar los quinchos de las murallas de las casas. Más atrás venía otro grupo que cortaba troncos, sacaba la terca y dura maleza y también la totora propia de las aguas. En fin, era una labor donde todos los pueblerinos se movían por cerca de tres semanas, para dejar despejado el curso normal del agua. Entre chiflas y rechiflas, cantos, chistes, día tras día la faena tenía el natural ritmo del viento. Pero al llegar a la tercera semana de trabajo, la vanguardia trae un alboroto jamás oído entre la imbricada vegetación, la muchedumbre se agita a ritmo de olas, corren algunos para uno y otro lado, las órdenes son imperantes, la vista está aguda, apuntando entre el cañaveral y las totoras, algo corre, algo huye, los perros con mirada perdida no saben si es un juego o algo que cazar, alguien azuza uno de los animales, que entra raudamente al matorral. Silencio. El animal recorre haciendo crujir la vegetación, algo delante de él corre, algo como otro perro, es tal vez un zorro. Alerta. La muchedumbre se enardece con el avatar. Expectación. Nadie pronuncia palabra. Más canes entran en la maleza. La gente rodea en un círculo que se estrecha cada vez más y más. Dentro de la desesperación, lo que huye, un pequeño ser, salta con un indefinible sonido con sus garras sobre uno de los pueblerinos, y en el aire un viejo paletó lo atrapa inevitablemente, mientras un grupo de personas se abalanza sobre él. Ya está atrapado.

El hijo pródigo
Un coro de voces se alza cada vez más fuerte. El viejo Demetrio dormitaba. Un sopor tan añejo como el vino le trajo lejanos recuerdos, inefables, ya deslavados por el tiempo. Demetrio, sintió de pronto una mano que lo remecía, y lo incorporaba, bajo los gritos y las miradas de un grupo de niños que habían sido incitados por los adultos para ir a buscarlo. La muchedumbre entera corría con ese pequeño ser envuelto en un saco para que pudiera descifrar su identidad, puesto que jamás nunca en la vida de uno de esos cristianos cosa igual le había acontecido, sin embargo, la cantidad infinita de historias que cada baqueano traía de uno u otro punto cardinal, sea de cosas de este mundo como de extraños seres nacidos desde la oscuridad de la noche así como de las entrañas de otros animales, que -lejos de la Santísima Mano de Dios- habían sido esparcidos en el vientre de éstos por la necesidad de los hombres y su soledad. Extrañas criaturas con cabezas humanas y cuerpos de animal o viceversa, que apenas nacidos morían porque, sino - comadrita linda- este mundo estaría lleno de alimañas venidas del mismo infierno y del pecado del hombre.
Demetrio salió al patio de la casa de don Juan y en medio había un corro que rodeaba un bulto, poco a poco se fue abriendo el saco, en su interior un imperceptible temblorcillo mantenía la expectación del pueblo. Dos hombres descubrieron el bulto que acurrucado temblaba. Demetrio se acercó y lo levantó inmediatamente. Al unísono la muchedumbre exclamó el nombre del pequeño Abelino Candoroso de los Ríos. Desmayos de las mujeres en estado de ingravidez, aplausos de unos, exclamaciones de júbilo y asombro otros, señales de la cruz al aire y persignaciones mientras se arrodillaban y rezaban las oraciones del caso, más de alguien esperaba una señal especial para tal acontecimiento. Una vez recuperados de este indescriptible hallazgo, el pueblo completo se dedicó de una u otra manera a la labores de advenimiento del niño. El viejo Demetrio se dedicó a limpiar en cuerpo y alma al pequeñín, mientras que doña Mercedes de los Ríos de Chandía atacada con una histeria que trataban las viejas de apaciguar con aguas de una u otra hierba, cayó en un trance que duró casi una semana. Durante el período, la pobrecilla doña Mercedes, viajó a los recónditos precipicios de los Andes donde se reencontró con el difunto don Feliciano Candoroso, vio los estragos pasados en la última luz de su mirada dedicado a su mujer y al desconocido retoño, un hilo de pensamiento migratorio dedicados a ellos, para luego viajar hasta los desencuentros divinos de don Juan y finalmente las desventuras del pequeño Abelino, desde que desapareció, hacía ya más de año y medio. Al salir de su paroxismo dio instrucciones precisas sobre lo que debía de acontecer con el niño, cosa que el viejo Demetrio se había preocupado de realizar desde su aparición. Inmediatamente se realizó un pequeño ritual con él, quién con la mirada ausente, recibía cada proceso. Para espantar al extraño espectro que lo había raptado, fue objeto del embetunamiento en mierda de cabeza a pies por una noche, mientras las matronas y abuelas del pueblo recitaban interminables avemarías y padrenuestros en una retahíla interminable que culminó con una misa realizada por el cura Ezequiel, donde se agradecía el reencuentro de esa maternidad y de la comunidad huantina con sus desaparecidos, haciendo hincapié en el regreso de un hijo prodigio, verdadero milagro de Dios y extraído de las turbias aguas del olvido.
El pequeño Abelino Candoroso de los Ríos, abstraído de toda mundana preocupación, se mantenía en un limbo que tan sólo presupuestaba el viejo Demetrio, haciendo todo lo posible por reinsertar al pequeño en la vida cotidiana. Sin embargo, el chico vivía en realidades prohibidas para el entendimiento común, hacía extraños geoglifos en el suelo y las paredes, acompañados de una glosolalia con quien sabe qué seres extraídos de su imaginación, junto con ello, al pasar los meses, extraños acontecimientos se fueron concretando: las mujeres ingrávidas tuvieron problemas de parto, nacimientos de niños contrahechos y muertes en el alumbramiento de éstas y sus bebés. Así mismo, otras muertes y accidentes en extrañas circunstancias de pueblerinos, algunos en los pozos y piques mineros, arrollados por los animales de labranzas; el ganado y otros animales sucumbieron en insólitos hechos; inusitados incendios de hogares e, incluso, el sacerdote que se quedó a dormir en la pequeña iglesia del pueblo, tuvo perturbadoras y pecaminosas revelaciones profanas en sus sueños, lo que obligó a todos los parroquianos a sacar a todo santo en romería por el pueblo e inundar las casas, personas, animales y trastos de toda índole con agua bendita para espantar los males. Las mentes más lúcidas empezaron a preguntarse que, desde la aparición de Abelino Candoroso de los Ríos, se venían sucediendo estos hechos.
Para colmo de males, en ese tiempo se conoció la llegada de personajes venidos del norte, que tomaron por asalto el pueblo y mantuvieron en estado de sitio a los lugareños durante meses.
Derrotado el gran minero y revolucionario Pedro León Gallo, a los pies del Cerro Grande en la ciudad de La Serena, llegó allí con una recua de mulas y un grupo de rudos pirquineros, acostumbrados a la intemperie y a las más duras faenas y, ahora, a los avatares revolucionarios, cambiando sus vidas de peones mineros a milicianos, siguiendo la estrella dorada recortada en el profundo azul de su bandera. León Gallo, mostraba orgulloso su portento y poder sobre sus hombres, lo que le daba un aire autoritario, cosa que no gustaba a Juan Chandía, mientras el viejo Demetrio observaba el cambio que se había suscitado en ese hombre copiapino, desde que lo conociera como dueño de una pequeña dote minera, para luego pasar a ser el dueño de la más grande riqueza de plata del país. Además de ser un líder innato y con un incomparable olfato por los negocios mineros, sabía que allí, en ese arcano pueblo se encontraba un gran tesoro en oro, pero por la premura del tiempo, no hurgueteó los cerros aledaños. Demetrio callaba como un sepulcro, cuando se trataba de este tema debido, sobre todo, a su legendaria sabiduría sobre vetas y las consecuencias traídas para aquellos que las encontraban. Pero no le falló el olfato a León Gallo cuando se sintió atraído por los más sensuales y maduros atributos femeninos de la tía María, todos ellos enmarcados en una sensual sonrisa de su tez aceitunada. Esto provocó que uno de los pampinos requiriera los amores de doña Mercedes prometiéndole una próspera vida en las argentinas. La reacción no se hizo esperar, Juan Chandía furibundo pide arreglar cuentas a León Gallo con el minero, pero éste se niega, puesto que era seguro que la cosa iba para duelo, lo que significaba mermar su tropa o provocar la rebeldía del pueblo frente a sus menesteres más agobiantes, por lo que le promete a Juan Chandía partir lo más pronto posible allende los Andes y prohibir a sus hombres enamorar a las mujeres casadas y que frente a cualquier urgencia buscaran otros modos de satisfacción. Entre Juan Chandía y el minero Luciano se incendió una quisquillosa animadversión que hizo que muchos tomaran bandos por uno u otro.
Sin embargo, los insurgentes se hacen cargo de las actividades del pueblo, incentivando, en los corazones más jóvenes, las ideas de igualdad y justicia entre otras, lo que suscita un revuelo entre los muchachos adhiriendo a la causa más justa jamás escuchada por esas tierras. Por ello nacen brigadas preparadas para "la causa", como decía el mismísimo León Gallo con su cara ceñuda y cerrada por una gran barba, puesto que el ejército le venía pisando los talones, pero mediante una audaz maniobra, recobró terreno llegando por intrincados camino a Huanta.
El objetivo era atravesar los Andes al país vecino, pero hasta ese instante sólo un hombre era conocedor de los pormenores de la geografía de la cordillera, y ese era el viejo Demetrio, quien deja en manos de doña Mercedes la rehabilitación de su hijo, puesto que será acompañado en esta empresa por Juan. Y así se lo expresa al bigotudo y hombruno León Gallo. Unas semanas después, el grupo parte por Quebrada Seca, por el mismo camino recorrido por el incásico Huantajaya y el ardoroso cazador de fortunas Feliciano Candoroso, pero esta vez el tiempo era propicio y los guiaba el viejo Demetrio, además de un número importante de huantinos que se unieron a la causa de este líder pampino.

La huída.
Luego de siete semanas, el viejo Demetrio se encuentra en el pueblo y las circunstancias son otras: Se acusa al extasiado Abelino Candoroso de los Ríos de ser el portador de tal ola de calamidades nunca antes vistas hasta entonces. Las cosas estaban al borde mismo del aniquilamiento de la familia. Algunas voces clamaban sin temor a dudas, que el portador de tan malignos aires era el niño. El sacerdote, a pesar de los requerimientos de la gente no se acercaba al pueblo, puesto que cada vez que iba, se acrecentaban sus infernales sueños y con ello sus deseos más pecaminosos, no leídos en libro catequístico alguno, además porque se encontraba el grupo de Pedro León Gallo con sus despaturradas ideas liberales oponiéndose a las de la Santa Iglesia, cosa que él no estaba en condiciones de aceptar, por lo que en más de algún púlpito, exigía la excomunión de los impíos pampinos.
Las hermanas de los Ríos, habían vivido en una pequeña heredad que mantenían ellas mismas desde muy jóvenes, debido a que sus padres murieron de una de las pestes que asolaban el valle de tiempo en tiempo. Eran un par de mujeres cotizadas por todo hombre, pues quedaban deslumbrados por su particular belleza, siendo descendientes de la noble genealogía de los incas. Sin embargo, la mayor, doña Mercedes, sentía que el amor no llamaba a su puerta y la edad de merecer se le iba irremediablemente, hasta que se puso en campaña y no le fue muy difícil enamorar a don Feliciano Candoroso, el eterno buscador de tesoros, quien rápidamente sucumbió en los brazos de la mujer y con la cual pasó muy poco tiempo hasta su muerte. María de los Ríos, fémina dueña de una exuberante voluptuosidad que contradecía su carisma, candidez y suavidad en el trato con los niños, adquirió el mote de tía María teniendo unos veinte y tantos. Y así se le conoció desde siempre.
Una vez que partieron los revolucionarios, estas dos mujeres se apoyaron mutuamente, la tía María sintió que el único incipiente amor se le iba, con la recia virilidad de don Pedro León Gallo, además un extraño presentimiento invadió los sueños de doña Mercedes. Cada una, entonces, se sumergió en un extasiado limbo, que cualquiera que se acercaba a la casa entendía de inmediato las extrañas conductas que habían adquiridos los tres habitantes de la heredad, lo que hacía que los temores y sospechas, conjuntamente con un desconfiado temor, mantenían alerta y sigilosos a los vecinos. Por ello, nadie ni las dos mujeres, asimiló los mensajes criptográficos que el pequeño Abelino dibujaba en paredes y suelo representando el camino de la caravana por la cordillera, los encuentros furtivos de las mujeres con sus amores, el velorio de Juan Chandía en las oscuridades del recuerdo, el arcano viaje que había realizado cuando se perdió en los cañaverales; y la inesperada muerte de Juan y de su padre, entre otros tantos garabatos, hasta la llegada de Demetrio.
Sólo el viejo Demetrio reconoció en esos dibujos cada momento vivido con Pedro León Gallo y sus hombres, así como las muertes que diseminó a la prole de las de los Ríos por el mundo. Llegó demacrado, agotado por el esfuerzo realizado en la huída desde la frontera a través de los recovecos andino hasta Huanta.
En uno de esos recovecos cordilleranos, Juan Chandía había terminado sus días producto de uno de los accidentes más estúpidos visto por el viejo, pero nadie le quitaba de la cabeza que todo había sido preparado, a raíz de las disputas en defensa de la honra de doña Mercedes, por el pampino Luciano. A pesar de ser advertido por el viejo Demetrio y el mismísimo Pedro León Gallo, en un descuido presenciado por el ladino Luciano, Juan Chandía acabó en un profundo precipicio, al cual cayeron otras dos personas más. Allí mismo el viejo Demetrio se propuso volver, puesto que presentía que el próximo difunto sería él mismo. Dando tres o cuatro instrucciones al líder rebelde, Demetrio se adentro en las profundidades de los roqueríos cordilleranos. Por más que buscó y buscó, sólo encontró el malogrado caballo y a los dos hombres que cayeron con Juan. Conocedor de esos intrincados misterios cordilleranos, salió huyendo, luego de entregar tres pistas para que la caravana saliera del territorio. Llegó al pueblo, en forma clandestina, hasta la casa de los Chandía, allí dio la noticia a doña Mercedes, quien cayó en un shock nervioso, tendida en una cama pasó delirando, quince días, atendida, por supuesto, por la indefinible tía María con su aire cándido y suave, a pesar de su voluptuoso cuerpo. Las puso al día de todos los pormenores desde que salió del pueblo. Sin embargo, muchos aldeanos estaban decididos a aniquilar al niño Abelino, más aún que eran demasiado patentes los garabatos, cada vez más esmerados, creados con una energúmena desesperación. El viejo Demetrio, entonces, resolvió salir rápidamente del pueblo con el niño y dejar a las dos mujeres, a doña Mercedes casi inerte en un catre y a la tía María con un recetario de hierbas para poder volverla en sí
La maternidad
Apenas hubo salido el viejo con el niño a cuestas, ocultos por la oscuridad de la noche, una ferrosa tranquilidad sumió al pueblo y la casa de las de los Ríos. Tres días después, y una vez que doña Mercedes salió de su trance, en el dintel de la puerta de la casa de las mujeres, se aparece el pampino Luciano, hambriento y calado hasta los huesos por una anemia, que lo mantuvo al vilo de la vida por siete días, durante los cuales doña Mercedes lo cuidó, con una dedicación pasmosamente maternal. Ella se repuso tres días después de la partida de su hijo, pero no contó que durante su estado febril había recorrido los inefables vericuetos de su vida y había comprendido el sino de su estirpe que era el mismo de su antepasada ñusta y el del viejo Huantajaya con su séquito, por lo que, al despertar, su rostro demarcaba una resolución comparable sólo a la vista en los hieráticos rostros de los íconos de la iglesia, sólo comparable con la ceñuda imagen del Creador, como lo había expresado oportunamente la tía María a la vez que se persignaba sorprendida.
Luciano una vez recobrado de todos sus delirios, intentó hablar de sus sentimientos y lo ocurrido con Juan Chandía, pero doña Mercedes no le dio oportunidad, ella infatigable en una labor que ni su hermana entendió, iba de un lado a otro arreglando esto y aquello, desechando objetos y ropas, hasta que se plantó con una resolución determinante en sus ojos frente a su hermana y le dijo, con una voz definitiva:
- ¡Me voy, tú hazte cargo del futuro de la casa, yo voy a reconstruir mi vida!
Con tal desplante, su hermana quedó desencajada, sin atinar a hacer nada, mientras tomaba sus pilchas, levantaba al convaleciente Luciano y salía del pueblo, seguida por los innumerables ojos que la vieron perder su rastro en el camino. Desde entonces, nunca se supo más de doña Mercedes de los Ríos viuda de Chandía. Tardíamente llegó un rumor a la tía María, después del deceso de Abelino Candoroso de los Ríos, con las ya mencionadas repercusiones, que era dueña de un manantial de riquezas extraídas del prodigioso norte; otras que había sido asesinada junto a Luciano, enredada en oscuros negocios del tráfico y el mercado negro, finalmente, una de las más agraciadas habladurías, colocaban a Mercedes de los Ríos codeándose con lo más granado de las opulencias europeas, llevadas allá por uno de los magnates ingleses dueños de las riquezas del norte del país, que luego de abatir en duelo al pampino Luciano, la coronó con la alianza de esposada. Lo cierto era que si la suerte de Mercedes hubiese sido la muerte, la tía María, dentro de su exquisita intuición femenina lo hubiese sabido de inmediato, puesto que en el silencio de su terruño, secretamente iba arrullando el fruto de sus amores con el líder pampino, ahora convertido en un desdibujado recuerdo lleno de plenitud.
Ese esquivo placer la llenaba de gozo, mientras su belleza tomaba un aire deslumbrante a la luz de la prominencia de su vientre.
Un nuevo aire se respiraba en esa pequeña aldea cordillerana, nuevamente las cosechas eran prósperas y los animales de crianza procreaban a destajo, lo mismo ocurría con las familias, quienes se extendían con una prole interminable, digno ejemplo de los renombrados personajes bíblicos.
La tía María respiraba este aire de prosperidad que infundía toda la aldea. Cuando la criatura que pateaba su vientre con ímpetu pudo ver su radiante rostro de felicidad por tanto tiempo soñado, muchos pueblerinos admiraban y contemplaban deslumbrados por la mirada de la mujer. Muchos creyeron ver un espíritu divino en ella, quien siempre pasaba desapercibida, ahora la maternidad le había cambiado su ser. El pequeño nació en el momento de mayor efervescencia del pueblo, de manera que su infancia fue una brisa de primavera, como decía la tía María.
Una singular caravana se acercaba al pueblo. Un personaje estrafalario venía a la vanguardia vestido a la usanza de las imágenes bíblicas, con un sayal y sandalias, su rostro denotaba una religiosa expresión que culminaba en una larga barba, la cual no había recibido ningún tipo de arreglo para dar cuenta de su verdadero arrepentimiento y desvinculación con la vida mundana. Todo el conjunto era un cuadro vivo de una escena de los evangelios. Encabezaba la procesión el nombrado “Cristo Elquino”, seguido por unas cuantas mujeres y una variada gama de pintorescos personajes, todos con la cara devotamente entierrada, por la excesiva e interminable caminata hacia la redención de sus pecados. Los perros y niños del pueblo salieron a recibirlos al oír la salmodia que coreaban, los cánticos hacían ecos por los cerros, produciendo una algarabía comparable a las trompetas de los ángeles del cielo, como diría mucho tiempo después Juan, conocido por todos como “el monaguillo”.
Una muchedumbre salió del pueblo a recibirlos. Entre los visitantes, había gente de toda estirpe: mujeres arrepentidas de sus pecados sexuales, por los engaños a sus esposos; asesinos que expiaban sus homicidios; mercaderes y embaucadores que habían quebrado sus negocios, hasta un tullido que, desde su juventud, había perdido la casi totalidad de su movilidad porque –según se comentaba- le había levantado la mano a su madre. En un éxtasis espiritual había podido moverse y caminar, luego de encontrase en el camino de este santón.
El grupo se asentó a orillas de la torrentosa rivera de El Estero. Allí permanecieron por cerca de un mes predicando, bautizando y exigiendo una vida austera, puesto que sentía que su misión era recordar que este mundo debe acabarse y empezar otro.
La tía María hizo bautizar a su pequeñín Pedro, en remembranza de la figura del líder nortino. Total, decía, a falta de cura cualquier agua venida de Dios es buena en estos tiempos de caos.

La vida y la inmortalidad son sólo una ilusión
Entre los romeros del “Cristo Elquino”, estaba un joven, que a muchos vecinos de la aldea, les llamaba la atención por sus facciones y actitud, sin embargo, él pretendía pasar desapercibido. Pero no pudo hacerlo, puesto que los aldeanos, ansiosos por la novedad, insistían en uno y otro de los peregrinos para conversar de lo que pasaba por otras latitudes. Así fue que uno de ellos, haciendo asociaciones, vio un rostro semejante al de Pedrito, el hijo de la tía María, por lo que corrió a casa de ésta y, tomando al niño y a su madre, salió tras el rastro del rostro que le aguijoneaba los recuerdos. Y estando con los peregrinos, le plantó a la tía María y su hijo frente a sus narices.
El desconocido no pudo soportar la tensión del reencuentro y perdió los sentidos. La tía María con un grito que rompió la quietud de la tarde y que hizo llorar por horas al imperturbable y angelical Pedrito, reconoció al pequeño Abelino Candoroso de los Ríos, que ahora representaba una experiencia de muchos años. Alarmados, vecinos y peregrinos corrieron a levantar en vilo a Abelino, transportándolo posteriormente a la casa de la tía María. El pequeño Pedrito, una vez pasada la primera impresión, se mantuvo alejado de su primo carnal porque, según él, “asustaba mucho”.
Esa noche toda la gente se aglomeró en la casa de las de los Ríos, lo que se transformó en una fiesta, donde se multiplicaban los panes y el vino por una extraña razón y coincidencia. Así pasaron dos días enteros y al tercero, ya que el joven Abelino no mostraba asomo de conciencia, la fiesta improvisada se convirtió en un responso cada vez más concentrado encabezado por el “Cristo Elquino”.
Siete días después, la vida de los aldeanos trataba de volver a la normalidad, y los más viejos ya veían con malos ojos la situación por la que pasaba Abelino, que sin asomo de conciencia y recordando los sucesos previos a su huída con el viejo Demetrio, se hacía vox populi.
El “Cristo Elquino”, no dejaba de orar día y noche junto a sus seguidores. Habían contado que Abelino apareció una noche junto a ellos, en muy malas condiciones, con una profunda herida en un costado y, que gracias a las oraciones y a los cuidados del grupo pudo recuperarse, pero nadie sabía nada más. Aquellos que se quedaban seguían fielmente los preceptos de la cofradía y los que se iban desaparecían para siempre en la oscuridad del olvido. Esto provocaba que las autoridades vieran con muy malos ojos a este grupo que tenía muy buena aceptación entre la gente, pues las glorias de Dios eran bienvenidas en cualquier casa, pero era un grupo donde se escondía cualquier maleante, por lo que la policía y los personajes de posiciones políticas y administrativas claves le echaban manos de vez en cuando a algún integrante del grupo por lo que disminuía considerablemente su número, pero al poco tiempo era, nuevamente, una gran masa de personas que iba de pueblo en pueblo como gitanos, predicando, bautizando y exigiendo una vida austera, puesto que sentía que su misión era recordar que este mundo debe acabarse y empezar otro mejor.
Dos semanas después, violentos espasmos movían el cuerpo del infortunado Abelino, con voz gutural decía palabras deshilvanadas, que poco a poco iban teniendo coherencia. La tía María iba escribiendo en un cuaderno estas palabras y empezó a descifrar aquella verborrea sin parangón. Recordaba los extraños mensajes criptográficos que cuando pequeño realizaba por toda las paredes de la casa. Así pudo saber de la suerte del viejo Demetrio, y cómo había recobrado su cordura junto al viejo haciendo una promisoria vida de arduo trabajo, a pesar de ello la suerte de Demetrio estaba escrita por un dedo superior a las fuerzas humanas. En un duelo con un extraño personaje, había sido fulminado nunca más se supo del paradero del viejo Demetrio, desapareciendo de la faz de la tierra, en un guiñar de ojos.
Abelino entonces, gracias a las enseñanzas de Demetrio, siguió el rastro de su madre inútilmente, llegó a la pampa entrado en huesos, allí se mantuvo como pudo hasta que se enfrentó con un pampino que le robó todo, por lo que trató de volver a su terruño con tan mala fortuna que fue de mal en peor, hasta terminar en una revuelta donde casi se le va la vida. Su despertar fue glorioso, acogido por el grupo de místicos marginales, se sintió como en familia, hasta llegar nuevamente a Huanta.
La tía María mantuvo una actitud resignada, pero no perdió su compostura ni su inefable belleza, fiel herencia del pasado indígena que llevaba en su sangre.
Un mes después, Abelino salía de su latencia, abrió los ojos y un gran grito de terror le salió, exhalando su alma como en el día del juicio final, pero volvió para ser el mismísimo Abelino, que había sido hallado entre los cañaverales del Estero. Esta vez babeaba sin parar y como ya era un portento de hombre, solía mostrar su miembro a las mujeres mientras caminaba embelezado por las calles del pueblo. Al principio parecía inofensivo, pero al atacar a una de las muchachas lugareñas, lo tuvieron que encadenar. Allí permanecía extasiado, en medio del patio de la casa rodeado de algunos perros y de la poca limpieza que le prodigaba su tía. Pedrito mantenía la distancia con su pariente.
Un día Abelino amaneció claro, traslúcido, transparente, como iluminado por una mágica luz, llamó a su tía María, le dijo que quería bañarse, vestirse y volver a su vida normal. Los vecinos no podían creer lo que veían: Abelino había vuelto de las oscuridades de la memoria. Los cófrades junto a su líder estaban convencidos que todo había sido producto de sus oraciones. Las vecinas de sus aguas de hierbas. En fin. La tía María relató lo sucedido en el último tiempo, mientras su sobrino asentía. Fue el reencuentro de la familia.
El grupo de místicos se retiró del pueblo entonando cánticos al ver que todo había pasado, y dejando al hijo recobrado de esa aldea, volviendo todo a su cauce natural.
A los dos días toda la aldea era la misma, sin extraños que predicaran alguna idea foránea o que un hecho sobrenatural interrumpiera el profundo sueño de sus habitantes ni que los amaneceres perdieran su esplendor ni las noches su quietud impalpable.
La tercera noche, un mal sueño atacaba la límpida frente de la Tía María. El rostro del viejo Demetrio se veía descolorido y aguado, posteriormente se veía Juan Chandía, luego Abelino recorriendo los secretos de su familia a través del cañaveral. Durante la noche la tía María tiene un dormir inquieto. En duermevela, presiente algo. Una sombra pasa a la pieza de Pedrito. Un sobresalto saca del sueño a su madre y de inmediato de la cama. Un presentimiento, el instinto materno, la sangre llama a la sangre. Un resollar. Un murmullo estertóreo. Un jadeo. La mujer ve a Abelino sobre Pedrito. Éste ahoga un grito en su desesperación, mientras su primo aprieta cada vez más fuerte el tierno cuello del chico. Poseído, excitado. Voces en su interior lo provocan cada vez...algo...algo...una sombra tal vez...
La madre saca fuerzas de lo profundo de la raza, en un rapto materno ataca a su sobrino que le quitaba la vida al pequeñín de sus ojos. Al ruido de la trifulca, los vecinos acuden tomando en vilo al poseído furibundo, que profiere gritos y sonidos irreconocibles para el oído humano, lo arrastran por la calle y lo atan a un poste de caballos en plena plaza donde lucha denodadamente por soltarse. Lugar seguro e inocuo. Fue necesario más de una decena de hombre para realizar la tarea. Algunos se organizaron para vigilarlo, otros querían sólo apilar leña y encenderle fuego para quemar y extirpar esa maldición, puesto que desde su nacimiento traía una mala señal-decían-.
La intervención de la tía le aseguró la vida. Entretanto cobijaba y arropaba contra su casto pecho a su hijo, que no se reponía del ataque de su primo.
Tres días después Abelino continuaba a la expectación de los niños en medio de la plaza, en las mismas condiciones. Los vecinos más ancianos manifiestan la intención de llamar al sacerdote a la localidad para resolver sobre el caso, puesto que considera que esto escapa a las simples manos de un mortal –“tiene que ver con las cosas de Dios-“, por lo que Abelino es trasladado a la capilla donde permanece mansamente hasta la aparición del cura Ezequiel, a quien se le pone al día de toda la situación, ornamentando y llenando de colorido algunos de los pasajes ocurridos con el joven, aludiendo, incluso aspectos de su vida menos conocidas, de las circunstancias de su nacimiento, decían algunos; su inexplicable desaparición entre los cañaverales del Estero, hablaban otros; de los extraños grafittis que permanecían, todavía, indescifrables en algunos muros, relataba alguien; de la huída con el imponderable Demetrio y su inesperado regreso con esa banda de seudos cristianos estrafalarios, declaró una antigua vecina, mientras se santiguaba perdiendo la mirada en un punto lejano del azulado cielo.
Toda la noche estuvo el señor cura con el extasiado Abelino, encerrado en la capilla. Orando y tratando de sacarle una palabra que corroborara lo que los vecinos decían y que sirviera a modo de confesión y posterior reconciliación con el Creador -había propuesto el padre Ezequiel- puesto que lo más importante es salvar esta alma condenada.
Los aldeanos oraron hasta el amanecer, intensamente en el atrio, expectantes a cualquier murmullo. El Sacerdote pasó la noche junto al desvalido y en la mañana no sabía qué hacer, puesto que -esto era cosa para médicos o personas entendidas y que las oraciones, aún hechas con mucho fervor, no tenían el efecto pretendido- decía.
Mientras explicaba esto a los vecinos, un alarido de ultratumba, desde dentro de la iglesia, hizo saltar de terror al piño de gente que se mantenía alerta en la puerta. El fuego que se había iniciado cundió tan rápidamente, que el sacerdote en un exabrupto de pasión religiosa se arrojó adentro del recinto, algunos contaron que para sacar al malogrado Abelino, otros para sacar las sagradas ofrendas y, finalmente, los menos, para rescatar el diezmo oculto detrás del altar. La verdad es que nadie, a ciencia cierta, pudo explicar la fugaz salida del hombre de la iglesia y del pueblo, con su sotana chamuscada entre la aterrada multitud y de aquellos que organizaban la cuadrilla para apagar las llamas, para no volver nunca más a ese "endemoniado pueblo".
Todo ese día fue necesario para sofocar el fuego y limpiar los escombros de la capilla. Nadie supo si el cuerpo de Abelino estaba o no allí, puesto que se confundió con las figuras de los santos de tamaño natural, encontrándose un total de siete de ellas. Entre los aldeanos no hubo acuerdo de la cantidad de éstas que había allí, algunos recordaban más y otros menos. Y para evitar la polémica, se resolvió que la tía María buscara un rasgo o atavío que distinguiera a Abelino de los demás restos, cosa que tampoco fue posible, entonces resolvió que todos los cuerpos fueran enterrados en una misma fosa. Se clavó una cruz sobre ella en el pequeño cementerio del pueblo, con un epitafio, con fecha imprecisa, que dice: “Abelino Candoroso de los Ríos, la vida y la inmortalidad son sólo una ilusión, su tía”.

Copiapó, septiembre 29 de 2004.-

1 comentario:

Andres Barra dijo...

Referente a los datos personales,
cual es la diferencia entre un Escribidor y un Escritor???